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Descripcion: Ser explorados por la mirada es una experiencia que nos puede llegar a inquietar y llenar de desasosiego cuando no nos consideramos annimos objetos del paisaje, intercambiables con cualquier otro objeto que se expusiera a la mirada del observador, sin ms detenimiento e inters que el del puro pasear indiferente la vista de un lado a otro que tanto da que seamos nosotros como cualquier otro objeto. Lo contrario de estas condiciones de anonimato o de estar expuestos sin mayor peligro es la mirara escrutadora, la que se fija por ms tiempo y dedicacin a nosotros, averiguando qu somos, qu pretendemos ser o que nos gustara ser. Cuando vemos aterrorizados que alguien nos est mirando suponemos lo que tememos, esto es, un desprecio, un rechazo, un considerarnos indignos de nuestras aspiraciones. Es difcil adivinar por la mirada del otro cual es exactamente su postura frente a nosotros, su mirara nos asemeja algo ptreo, impenetrable y por ello un angustioso secreto que no despeja nuestras dudas ni tranquiliza nuestras inseguridades. Si pudiramos entrever una mueca clara de asco o repudio, aun siendo algo profundamente desagradable, no sera por lo menos incierto, lo que quiz es lo peor para nosotros porque precisamente nos coloca en ese desfiladero por el que nos gustara gustar pero se nos hiela la expectativa en una parlisis que no se sabe si es cada o lejana salvacin. La mirada de los adultos que no sonren tienen este misterio, este pasmo conmovedor, para un nio pequeo que necesita imperiosamente el acogimiento benvolo que se hace de rogar, que no aparece an, que amenaza con un giro sorprendente de la situacin en la que adems de nuestra notable decepcin se siguiera un castigo por haber esperado amor de una forma incorrecta y fuera de lugar por alguna misteriosa razn (son tan misteriosos los adultos que tan pronto te ren las gracias como te repudian por pesado o te rien por inadecuado, aparentemente por las mismas razones!). Los criterios a lo que obedecen los mayores se escapan al nio, que los observa elevados a una cima que, cuando nosotros la alcanzamos aos despus, no por ello deja atrapar el misterio, que se desliza de sorpresa en sorpresa, abriendo un nuevo laberinto en el ltimo momento en el que nos creamos ya llegados. Cuando analizamos el poder ``penetrante'' de la mirada del otro nos basamos en nuestra propia capacidad de deduccin, de imaginacin -desde la simple imaginacin ertica descarada de ver al otro ms ligero de ropa de lo que esta o prestndose a acciones con docilidad complaciente- hasta suponer rasgos de personalidad o estados que tendran como prueba cada arruga, ceo o pose de la persona observada. Unos nos parecen personas amargadas, otras preocupadas, otras risueas. Cmo vemos al otro? Teniendo un lugar en el mundo, un papel que hacer, una misin y utilidad? Este es ciertamente la visin que tiene un nio sobre el conjunto de los adultos, como la clase de personas que vale, que tiene poder y dignidad. Son los dems idealizados, porque efectivamente, tenemos de ellos ms ideas y prejuicios que experiencias, y nuestras suposiciones son teoras, ya que estamos basndonos en similitudes, recuerdos que damos por sentamos que son equivalentes. No es que nos equivoquemos como en las novelas con ``sorpresa'' en las que el que parece malvado es realidad tiene buen corazn o que el aparentemente simptico es una especie de personaje manipulador. Es nuestra habilidad fisonmica la que nos permite leer en la cara, en los gestos y en los trozos de actos que fichamos al mirar. Sabemos bien cmo contemplamos nosotros a los dems, qu nos gusta, qu nos produce rechazo o admiracin. Porqu ir entonces tan a la defensiva, suponiendo que nosotros somos del grupo de los apestados? Tal vez damos mucha importancia a la belleza, al porte , a la apariencia de seguridad, todo aquello que un buen publicista sabe exhibir para vender un producto. Pero esas ``dolos'' de percepcin que tan angustiosa sensacin de lejana e inadecuacin producen, tambin podran ser disminuidos y censurados si observamos algunos de sus comportamientos menos esplendidos -hasta las monedas del cesar tienen dos caras- o menos intimidatorios (porque tambin son capaces de inocente cotidianidad). Qu pensara una persona de nosotros si supiera que la hemos utilizado en una fantasa masturbatoria? aceptara quizs nuestras disculpas aduciendo que se trataba de una inocente fantasa que no un juicio real sobre la persona de carne y hueso? y qu dira de nosotros esa persona que ha realizado una imprudente maniobra si escuchara nuestro pensamiento ``se merecera tener un accidente''? No se nos saldran los colores si la persona que est cobrando un importante ingreso bancario delante de nosotros se volviera justo cuando estamos fantaseando con la idea de quitarle esa cantidad y salir corriendo y en vez de mirarnos con temor nos mirara ofendido y nos dijera ``qu est usted pensando?''. Pensamientos hostiles, turbios, erticos, pensamientos absurdos que se rechazan, pensamientos que haran las delicias de un escrupuloso, en cambio habitualmente lo consideramos una licencia sin importancia que no cuestiona la realidad de los hechos, que son los que deben marcar en definitiva el punto en el que comenzar a juzgar. Cuando percibimos la realidad externa, eso que damos por supuesto que 'est ah fuera', y que es el terreno por el que nos desplazamos, el teatro en el que las distintas acciones suceden, en el que colocamos a las dems personas, y en el que nos incluimos a nosotros mismos (estando tambin ah afuera aunque tengamos dificultades para vernos desde un punto de vista externo, como cosa entre cosas, como persona cualquiera entre una multitud de personas). La realidad externa que estamos percibiendo ahora es una especie de centro en el que todos los caminos parten, unos al recuerdo pasado, otros a lo que suponemos que suceder, y todo aquello que tambin damos por supuesto que est ahora mismo a nuestras espaldas o fuera de nuestro alcance pero que con un adecuado desplazamiento o prueba indirecta, podramos comprobar que estaba ciertamente ah, como bien dbamos por hecho, por lo que nos parece que ahora mismo no habr desaparecido (de ah la sorpresa de no encontrarnos lo que esperbamos). Como lo que esta detrs de nosotros, detrs de los biombos y las paredes es una realidad razonable pero no expuesta directamente a la percepcin, podemos teirla con ideas que aun siendo verosmiles nacen directamente de una intencin sospechadora, como al pensar que un vecino podra estar escuchndonos en este momento detrs de la pared, o que una persona detrs de nosotros esta pensando que somos ridculos o esta haciendo con la meno un gesto ofensivo. No podemos controlar directamente la veracidad de estas sospechas de no ser que nos demos la vuelta y exploremos, y aun as, como quiera que las frases acaban y las gestos que se dibujan llegan a su fin, cuando nos volvemos slo vemos un trozo, un indicio temporal de los hechos que como prueba es insuficiente y requiere de una hiptesis cuya buena fe puede asimismo verse alterara por la anterior sospecha, de modo que la mano cada al costado, que podra ser la mano que cae despus de que una persona se ha ajustado las gafas pasa, infectada por el recelo, a ser una prueba de que nos insultaba con un gesto grosero y que ha bajado la meno con premura para no verse sorprendido. Al mirar para movernos y desplazarnos por el mundo en el que estamos sumergidos constantemente, se basa en captar los trozos temporales de las realidades externas, especialmente los actos de los dems, e interpretarlos al vuelo correctamente. La realidad no es obvia y necesita de aos de aprendizaje minucioso, y lo que la hace particularmente difcil no es tanto la complejidad de los fenmenos naturales, el clculo de la fsica y la geometra de las cosas como la interpretacin de las intenciones de los dems. Si una viejecita estira su mano de forma implorante, deduzco que lo que quiere es que le ayude a levantarse del banco; pero caben sorpresas y errores: podra ser que la viejecita coja mi mano para empujarme hacia ella y lograr me me siente en el banco para charlar con ella. Afortunadamente no siempre nos la jugamos en un instante y disponemos del tiempo para aprender a corregir sobre la marcha los errores que cometemos (siempre que errar nos parezca algo estupendo para perfeccionarse en vez de una imperfeccin imperdonable). Se dir que si bien la interpretacin de gestos y escenas mudas es harto imprecisa, en cambio, sobretodo en lo que respecta a los objetivos ms importantes, contamos afortunadamente con el lenguaje, que nos orienta de forma certera gastando unos pocos movimientos articulatorios, rpidos y precisos, orientados a producir sonidos articulados con un valor simblico (una palabra vale por una cosa, una frase por una accin o acontecimiento que no se ve o se describe en sus aspectos oscuros e invisibles). Sobre todo, a travs de la palabra podemos traducir los pensamientos, razonamientos y propsitos que tenemos y hacrselos asequibles a los dems. El inconveniente del lenguaje sin embargo, a pesar de su enorme potencialidad, es que permite muy fcilmente (mucho ms que con los gestos) mentir, engaar, simular, manipular. Adems, el lenguaje, para funcionar como mecanismo de comunicacin, debe estar basado en cdigos sociales admitidos por la comunidad hablante, por lo que nos vemos obligados a utilizar terminologas, esquemas de referencia, palabras con connotaciones histricas, que ya nos encauzan en una forma obligada de razonar y explicar las cosas que impide a veces decir lo que queremos decir, a no ser por el rodeo del circunloquio, la metfora o la expresin potica. El auditor, como el lector, debe rellenar lo que falta en las frases, que es casi todo, y deducir del conjunto del contexto, informaciones, hechos que se esgrimen y se exhiben, cual es la intencin pragmtica de todo ello, qu es lo que pretenden los dems hablando (porque no se habla habitualmente para hablar como cuando se silva en un da soleado, sino con la pretensin de provocar un determinado efecto, aun cuando ese efecto fuera tan elemental como matar el tiempo de una forma entretenida). El que interpreta, para colmo, rara vez se comporta como si fuera una mquina registradora de lo que se dice, sino que tiene siempre sus propios intereses, por lo que unos temas le parecen ms atrayentes que otros, unas frases llaman su atencin y otras su atencin las elimina al punto de parecer que no las ha odo, y para remate, la forma de escuchar hace que el interlocutor se sienta ms tranquilo, acogido, torpe o juzgado, variando las situaciones, por lo que aparece totalmente confundida la cadena de quien produce que efecto: por ejemplo, si el orador es excelente o ms bien el pblico est muy bien predispuesto, o si el arrobamiento y la pasin de unos y otros se cruza de forma que a todos les exalta por igual. Una escucha hostil podra crear un interlocutor torpe y vacilante, y una escucha admirada podra seducir al amante que deseamos que nos ame hacindole creer que es extraordinario (con lo que se corre el peligro de que se lo tome demasiado al pie de la letra). Las miradas que acompaan lo que se dice, con brillo en los ojos, o veladamente, o una mirada atenta y concentrada, asombrada o triste, colrica o ardiente todo ese mirar variado enmarca lo que se dice como si pusiramos ttulo a lo que miramos (tragedia, comedia, intriga...). Para comenzar, hemos aprendido los nombres de las cosas, particularmente de los sentimientos e intenciones. Con indeseable frecuencia los nios aprenden a ser mirados case en exclusiva para ser censurados (``no hagas eso'', ``no te pongas as'', ``no toques eso'') No se crear as la temerosa espera de ser atravesados por una mirada censuradora, un silencioso espanto de cara a manifestarse espontneamente delante de los dems?. En otras ocasiones los nios se ven rodeados de adultos mudos que nada comentan, que parecen estar demasiado atareados como para perder el tiempo en minuciosas explicaciones -seguramente debido a nuestra poca importancia-. No se generar con ello la sensacin de que cualquiera sabra cosas que uno no sabe, que uno es menos que ms, que debe escrutar espantado las sorprendentes y obvias conclusiones de los dems (ellos si, personas de primera categora) ? El trato airado y agresivo sistemticos nos har precipitados guardianes de los ataques que nos parecer adivinar en cada tonillo airado o comportamiento seco, antiptico o poco agradable, esperando que de ah surgirn los ms malvolos dardos venenosos que deberemos escupir antes incluso de que pudieran llegar a herirnos. Para manipular el tiempo tenemos que escaparnos del presente, que devora con su realidad actual toda especulacin de lo que fue, ser o podra ser con el agujero negro de lo que es ahora mismo. Mirar viendo lo que vemos nos impide completamente especular sobre otras posibilidades, y por consiguiente hay que saber mirar sin ver para ver algo distinto de lo que vemos, para ver escenas de futuro, o ensueos de cualquier otro tipo y funcin (a veces ensoamos para satisfacer deseos que no pueden satisfacerse de otra manera, otras para tomar decisiones sopesando alternativas, otras para motivarnos con una especie de botn que nos prometemos o infierno que nos tememos). Para lograr ver sin ver ver utilizamos la manipulacin de la atencin que es como una puerta de entrada de los datos en el procesador central, de modo que cerrando la puerta hacemos que los estmulos externos que recibimos no pasen ms all de cierto nivel de elaboracin y queden reducidas a la mnima expresin (porque despus de todo siempre hay que estar en alguna parte para ir otra y se cree una sensacin de camino de ida y vuelta, en vez de flotar en los aires como msticos en pleno xtasis). La impunidad de ver a nuestro antojo lo que no se halla delante de los ojos requiere una exquisita puesta en escena, una pose area en la que parecemos estar interesadsimos en un punto que en verdad despreciamos, una falsa atencin a los dems puede parecer incluso demasiado intensa. (``porqu te has quedado mirndome de ese modo?'' ``qu miras con tanto inters?'', se preguntan. ``Nada'', responde el abstrado, ``me que quedado pensando''). Este es un mirar sin que la viste penetre Esto es, sin que extraiga del filn del mundo algo para alimentarse. Es un ``pasear la mirada'' en la superficie, mirar la pintura del cuadro en vez de concentrarse en lo que all se representa por medio de colorines, pero que ``lo representado'' es una experiencia activa que nos toca adivinar ms all del empaste y el trazo. Es el sentido de las cosas lo que desatendemos cuando las vemos sin querer verlas. Porqu nos apartamos as del presente?. En primer lugar debemos considerar que nos lo podemos permitir: no hay nada urgente que nos perdamos (a veces esto no est bien calibrado, y entonces lo llamaramos ``peligroso despiste'', como no atender a que el coche se desva o derrapa , no ver que ponemos la ropa en el horno,...). Si aceptamos la posibilidad de no correr riesgos importantes, ahora s, podemos pretender que este huir del presente nos hace ganar tiempo, un tiempo que existe en paralelo (como cuando pensamos en algo que est ahora en otro lado), en futuro, en el pasado, o incluso quimrico o desiderativo (aunque no existe o si existiera). Estos ``otros tiempos'' son puramente imaginarios, y realmente en ellos no hay que manejar el cuerpo para posarlo aqu o all, hacer un esfuerzo, ejecutar habilidades. Adems es un tiempo a nuestro antojo y no al capricho de los hararios de trenes y las pesadas esperas a que nos obligan las distancias, por ejemplo. Podemos hacer fcilmente bricolaje y pasar del verano al invierno en un instante, del querer decir algo a haber conseguido el efecto oratorio deseado sin llegar a pronunciar una frase siquiera. Es de suponer que este ``viaje por el tiempo'' tiene alguna finalidad til: distraerse, regodearse, aclararse, decidir opciones, explorar situaciones, repasar acontecimientos, prepararse y motivarse como al fantasear cosas agradables para que hagan de anzuelo o cebo y se eleven a la categora de ``digno de empresa'' y de sentido futuro (lo que nos gustara ser maana). Nada impide que, por el contrario, podamos hacer ``malos viajes'', esto es, agobiarnos, entristecernos, enfadarnos por algo que no veramos si realmente nos dedicsemos a mirar lo que tenemos delante de los ojos. Podemos abusar tanto de nuestra capacidad de mirar a medias que realmente medio miramos, sin estar nunca donde estamos del todo: la fiesta se convierte en un ruido de fondo, las conversaciones un ronroneo que nos indica que no estamos totalmente solos, aunque tampoco totalmente integrados. Hasta nuestra pareja, en estas circunstancias medieras se convierte en algo ``para cumplir'', que no para gozar de manera que por fin pudiramos olvidarnos de nosotros mismos. Entornar la vista, nublarla con lgrimas: he aqu otras alternativas, estas con menos ``disimulo'' que las anteriores, ya que realmente slo hay un resquicio de vista, lo imprescindible como para constatar que el mundo sigue all afuera y no ha desaparecido en nuestra ``ausencia''. Dejar que las lgrimas empaen los ojos, filtrando la luz para hacer contrastar el dolor, la pena o la alegra, para as poder sufrir o poder gozar sin panorama que nos atempere. Para evocar un recuerdo, para ver una escena de un episodio vivido que queremos rememorar, cerramos los ojos para resaltar el potencial de esa mirada que se dirige hacia lo que no est (cosa que siempre sucede sin que nos apercibamos de ello, pero que ahora se hara ms perentorio si queremos vivir lo que realmente est muerto). En resumen, la mirada puede ser un punto de fuga: de la plenitud hacia una vida aguada o desleda, de la paz al miedo, de la serenidad a la tristeza y, a la inversa, tambin sirve para morirnos de placer y de gusto. A veces lo hacemos todo al revs: cuando deberamos ``pegarnos'' a la realidad externa, encontrar sentido al mundo, entonces nos evadimos y nos retiramos a nuestra lgubre caverna, y cuando nos podamos permitir cerrar los ojos y sentir placer, entonces los abrimos para estar pendientes de ``la realidad'', que en ese momento nos la podramos ahorrar. No es algo inusual que en nuestra educacin se haya hecho demasiado nfasis en la necesidad de observar lo que est mal, defectuoso o errneo, de modo que se nos inculca la necesidad de captar al vuelo la imperdonable imperfeccin de las cosas y personas que nos rodean. Esta misin que produce una pasin turbia, en la que se mezcla en partes iguales el desprecio, el escndalo y la satisfaccin por vernos ajenos a tamaas fealdades, se convierte prcticamente la la forma privilegiada de mirar con el bistur de la vista concentrado en todos los detalles anmalos, irregularidades, desvos de la norma e insuficiencias indignas. Claro est, el efecto de resaltar del mundo lo podrido, descanterado, los escupitajos, las cagaditas de perro, las manchas de las ropas, las caspas y todos los defectos fsicos y sociales, es un duro precio a pagar: nuestra cruzada nos hace sentir asqueados, malhumorados y rabiosos la mayor parte del tiempo. Adems el exceso de crtica tiene un ``efecto bumerang ``: ver -o temer ver- en los dems la misma mirada, pero !dirigida a nosotros!. Tal vez tengamos desarreglado el pelo, horror!, o no conjunta el color de las distintas prendas, o qu imperdonable seria no saber algo (que a lo mejor todo el mundo menos nosotros conoce). Contra ms criticamos venenosamente ms tememos que ese veneno nos contamine a nosotros. Incluso podemos sentir como tan insoportable la posibilidad de ser despreciados, descalificados o criticados que el mismo temor nos haga ver en cada sonrisa una guasa irnica , en cada comentario una velada censura, en cada aprobio irremediable condena y en cada premio una disimulada e hipcrita falsedad. Miramos tal mal que ese mirar mal se vuelve contra nosotros en forma de mal de ojo, posible castigo vengativo y retaliador de un alma gemela, tan furiosa y ofendida como una de tantas de las que nosotros damos por supuesto que el mundo est poblado. En ocasiones intentamos hacer 'magia' con la mirada, persuadir, enternecer, disuadir, amenazar o preguntar. La expresin de la cara puede ayudar mucho a interpretar estas distintas intenciones de provocar un efecto. Pero es que tambin podemos desear y pretender que a travs de la mirada ese deseo se apodere del otro. Tenemos el anhelo que algo se haga como resultado de la intensidad ferviente de nuestra mirada, f en que se nos comprende de forma transparente, ilusin de que el que mira mirar. mira la mismo que el que mira, y se siente impelido a sentir el mismo deseo, ejecutarlo como si fuera propio. Tambin utilizamos la mirada como una seal de sincrona, de acuerdo armnico, procurando creer que no slo la mirada atraviesa el alma de nuestro prjimo sino que por el agujero se van todos los efluvios que podran manchar un momento de satisfaccin, amor o embeleso. La mirada, puestos a abusar de su magia, tambin podramos especular que es capaz de hacer mal, de provocar mala suerte, como si es forma malvola de posar la vista contagiara con mal de ojo al mirado, que se vera as arrastrado a las peores desgracias sin tener nosotros que provocar trabajosamente su caa. Es digna de recordar la mirada que podramos llamar 'sancionadora' del adivinar al que sometemos al otro, persiguiendo distintas hiptesis de lo que nos sucede, del porqu de los humores que ciertos acontecimientos han producido en nosotros y qu deseamos que se haga. Mientras miramos abstrusamente a ningn punto en especial de la lejana el otro urja las distintas posibilidades una a una. Cuando finalmente ha adivinado -por supuesto el trabajo debe siempre ir a cargo del que ha cometido un error u ofensa que parece no saber cual es- el mirador deja de mirar y interviene graciosamente, con fingida displaciencia, para perdonar las ofensas supuestamente confesadas o los errores supuestamente reconocidos. En estas distintas posibilidades se huye de la palabra como si la palabra ms que arreglar estropeara las cosas, o ms que aclarar confundiera, y con esa atribuida perversin del lo hablado (se miente tanto despus de todo!) se huye a la mirada como alternativa ms segura de conseguir las mismas cosas que parecen producir toneladas de palabras y afanes en los dems. Es difcil armonizar las expectativas que tenemos con lo que de golpe nos sobreviene al vernos mirados por otros. Los nios pequeos son capaces de experimentar esta inadecuacin, desde edades muy tempranas, cuando confiados encaran una ilusin de encontrarse con una cara familiar y en cambio tropiezan con la de un desconocido. Rpidamente hay que frenar las alegras, llevarlas a terreno muerto, descarriarlas voluntariamente -no tanto por inadecuadas como por inoportunas. La conducta de retirada consiste en congelar la expresin, apartarse del contacto visual, agachar la cabeza, refugiarse. Esta retirada los padres la coartan esgrimiendo intereses ms amplios: ``A ver, Juanito, da un beso a tu ta Felisa''. Ese beso, arrancado a la fuerza, no ser el mismo que el efusivo que se hubiera dado de mediar una mayor confianza. Tia Felisa, esa desconocida, de pronto es elevada a categora de ntima por arte de recomendacin o de autoridad. Tenemos as el mapa de los trazos esenciales de la vergenza: La mirada del otro que se clava en nosotros es capaz de disparar la vergenza con sus fenmenos concomitantes de rubor, apartamiento la mirada, agachamiento de la cabeza, como intentos de retirarse ante una insoportable exigencia o contrariedad de posturas. Al sentirnos observados re-flexionamos sobre lo que estbamos haciendo o sintiendo (nuestra postura corporal, nuestro inters natural, la manera de estar y aparecer) y rpidamente considerarlo como posiblemente inadecuado a los ojos de lo que esperaran encontrar los dems (otra compostura, otras actitudes o apariencia). Esta auto-observacin crtica rompe la espontaneidad que discurra antes de ser mirados, y la misma brusca parada tambin forma parte de lo que sabemos que llama la atencin a una mirada atenta. La necesidad de no ser o estar naturales al instante, cuando lo inmediato adems tena una intensidad difcil de suprimir, provoca la reaccin ``apaga'' impulsos inoportunos en que consiste la vergenza. Rpidamente surge la etiqueta de esta contra-emocin: ``tengo vergenza'', y tambin esa etiqueta nos parece indigna de ser vista (especialmente si de pequeos nos afeaban esos momentos con agravantes tales como ``das asco'', ``eres penoso'', ``me repugnas'' y vituperios similares con los que algunos educadores adornan sus intervenciones correctoras). Como que tenemos necesidad de parar urgentemente la misma reaccin de vergenza, para ello sentimos vergenza de tener vergenza (esto es, sentirla se nos asemeja algo imperdonable). Si no tenemos mayor compromiso siempre podemos imbuirnos en un peridico o mirar a otra parte con disimulado inters, pero si nos vemos obligados a relacionarnos puede desencadenarse en nosotros el azoramiento, el apocamiento y la temible parlisis. Por ejemplo, puede decirle un varn a su compaera mujer, ``qu guapa ests hoy'' en vez de ``me gusta el trabajo que has hecho'', que es lo que le gustara. Cmo se puede responder a una provocacin si ella no tena inters previo? No se puede, en cierto modo, ni responder bien ni responder mal. En cambio la mirada sigue ah esperando algo, causando vergenza hasta poder ``salir del paso'' sonriendo sin ganas, dando las gracias que poca gracia nos hacen, o arriesgndonos al reproche (``era una broma'', ``qu mal carcter tienes''). Ocurre en algunas ocasiones que estas actitudes que provocan vergenza son deliberadas en vez de casuales. Entonces hablaremos de abochornadores y avergonzadores que abusan del factor sorpresa o comprometedor para disfrutar del efecto que suscitan y sacar una ventaja de ello (habitualmente sentirse superiores). Amedrentar al abochornador descalificando su actitud (aunque nos estemos muriendo de vergenza). Por ejemplo decir, ``no me parece correcto que me ridiculices en pblico, cosa que ni a t ni a nade le gusta que le hagan'' -esto dicho preferiblemente delante del mismo pblico en que ha tenido lugar el alevoso desprecio. Defenderse, pero suavizando o normalizando a continuacin, en las situaciones ambivalentes: ``No me gusta que mezcles el galanteo con el trabajo, ya que adems de no gustarme me molesta. Por cierto, qu opinas del trabajo que te entregu?, me gustara que me dieras la opinin'' No duplicar la vergenza, considerndola una emocin normal que una persona normal se puede permitir (mientras que ``don perfecto(a)'' no). Esta emocin, vlida, lo importante es que sea seguida de la accin adecuada (es decir, no huir o retirar la vista, sino provocar una salida de ``circunstancias'' para ``salir del paso''). Si el que nos mira tiene derecho a mirar (aunque sea con cierto grado de descaro o inadvertencia censurable) aceptar ser ``paisaje'' visual para el otro en vez de sentirnos analizados como en un examen, y menos an suspendidos de resultas de la atenta inspeccin. Hay una diferencia entre sentirnos ``annimos y libres'' a ``prisioneros escudriados''. La libertad no nos la tienen que otorgar los dems, sino que la cogemos nosotros al asalto, bien mirando a los ojos del que nos mira, para ponerle en evidencia, bien mirando a otra parte con descaro, otorgndonos tambin el placer del descanso y, sobretodo, disminuyendo la capacidad del mirador de ser lo bastante importante como para importarnos (tratarlo a l como un objeto entre los objetos, no como sujeto omnisciente o dios que todo lo ve y todo lo juzga) Considerar que somos invisibles y que seguimos conservando el control de nuestra privaticidad. Ni el que nos mira sabe nada de nuestra intimidad, ni tampoco nosotros sabemos nada de lo que piensa -podra estar considerando en ese momento, por ejemplo, qu da ir al dentista, en vez de si nuestro nuestro aspecto resulta adecuado) Tolerar la curiosidad que podemos producir en los dems por nuestra belleza, atractivo, esttica u objetos que llevamos. Esa curiosidad, que sera temible si fuera la de un ladrn que calibra la posibilidad de quitarnos una cadena de oro o la cartera, porque se tratara de una intencin de llevar a cabo actos reales, en cambio es inocua si la persona nos usa para fantasear o entretenerse un ratito, ya que en este caso debemos considerar que es una humilde contribucin a la humanidad, inocente e ingenua, sin compromiso, hipoteca o inconveniente para nuestra vida real. Cada vez que una mujer mira a otra mujer, parte de la foto que impresiona su retina tiene un trozo en el que est el escote, la forma del pecho y otras partes que se miran tambin cuando se supone que hay un inters ertico. Cmo sabe entonces que ella mira bien o mira mal, como homosexual que que no quisiera aceptar que en el fondo lo es?. Se dir que lo nico que tiene que hacer esa persona a la que le ha entrado esta malvola duda (que adems puede retrotraer a algunos incidentes olvidados cuyo sentido ahora se os antojan premonitorios de alguna misteriosa revelacin) es averiguar si realmente mira ms de lo debido lo que no debera mirar. Pero el problema tcnico surge a la hora de poner en prctica la ``prueba de normalidad'': cuando aparece una mujer protuberante, mira al pecho, suspende un momento el acto de la mirada en el aire, y se pone a inspeccionar cmo esta mirando, pero entonces la mirada ( la inspeccin espantada de cmo estoy mirando) hace que parezca que la duracin es mayor de lo usual o de lo que era en pocas de ``homosexualidad supuestamente dormida''. Esta mayor duracin de la mirada, es prueba de un deseo que no se quiere aceptar?, qu otra explicacin dar? se preocupara alguien tanto de cmo mira si realmente no hubiera algo de qu preocuparse? La persona puede entrar en estado de congoja y alarma, como si una enajenacin estuviera en proceso de poseerla. Lgicamente intentar, para recuperar la paz perdida, reprimir las miradas que tanto le perturban. Pero, lo conseguir?. No!. No porque realmente el deseo homosexual fuera verdadero, sino justamente porque no lo es, aunque a la persona le parece que slo puede demostrarse con una nica prueba, que es imposible: que al mirar a otra mujer no se mirara ninguna parte ertica. Se intentar mirar al suelo, disimular, entornar los ojos pretendiendo que a travs de la rendija se vea slo la cabeza, o acortar al mnimo la exposicin ocular, pero contra ms vanos esfuerzos de disimulo se hagan ms terrible ser constatar que tarde o temprano acaba mirando. Y contra ms aparentemente fracasa este intento de no mirar ms espantadamente se mira para comprobar si todava se sigue mirando, hasta que lo que se hace por deseo, lo que se hace por sospecha y los que se hace por comprobacin se confundieran de tal modo que parecieran equivalentes, y aun siendo cosas incompatibles pasaran por demostracin de lo mismo. Tambin un hombre heterosexual puede interesarse por las partes ntimas de otro hombre, por casual observacin o por una repentina curiosidad por el potencial atractivo, rivalidad o constatacin comparativa. Si se pillara con la mirada en la parte prohibida de mirar bajo sospecha de homosexualidad, podra encontrarse en falta, y sta espantada observacin le podra llevar a recelar de algo que a sus ojos podra ser horrible (todo lo contrario del homosexual, que en estas circunstancias se regodeara y excitara). Como en el caso anterior, el mismo temor a estar volvindose homosexual sin su permiso ni consentimiento, o incluso el temor a ser malinterpretada su mirada por otros hombres (``porqu mi mira tanto, sino es que es homosexual''), puede provocar tantos deseos de evitar el malentendido, que esos mismos intentos creen una conducta anmala que llame la atencin (salir repentinamente corriendo, sudar, parecer candoroso o tmido enamorado, mirar en un momento inoportuno por culpa de no haber mirado en el oportuno, demorarse en angustiosas comprobaciones de la marcha de su problema). Contra ms extraa sea su relacin con la mirada, ms esa extraeza ser asignada a un mal funcionamiento de la sexualidad, ms que a las retorcidas consecuencias de la sospecha. Esa equivocacin de causa produce que luchemos en vano con el problema que no tenemos, empeorando el que s tenemos. Si estas dudas pueden socavar de pronto la inocencia con la cual hasta ahora miraba (no existe acaso la maldad, que se repartir en muchos rostros que podran ser cualquiera de los que miro?) tender a escrutar los rostros, estudiando los conocidos bajo el punto de vista que pertenecieran a otros y los desconocidos bajo el punto de mira que estuviera subrepticiamente relacionados con los de las personas que mas trato (quiz mi mejor amigo es pariente de ese vecino con el que me cruzo todos los das y saludo de forma un poco antiptica, qu vergonzoso sera). La misma hiptesis de que lo que es, no es, vuelve extraa la visin de los rostros, que en las diversas hiptesis contaminan los verdaderos rasgos, hacindolos confusos y fantasmagricos. Contra ms miro menos veo, y contra menos quiero ver ms aparecen los rostros ocultos, que me hurtan la confianza y me persuaden de la necesidad de ponerme en guardia frente ese mundo que ya no es el mundo. Me asomo a un puente y veo las aguas turbias, imaginndome qu pasara si cayera en ellas, si me ahogara o sabra salir en el ltimo instante. Pero esa cada que he visto sin verla realmente suceder qu es? Es una oscura atraccin del abismo que de pronto se instala sin mi beneplcito? Se trata acaso de una premonicin de un posible suicidio? La llamada de la muerte que dicen que habla con formas sibilinas y crpticas?. Da escalofros: luego esa imagen hay que apartarla, reprimirla. Pero esa imagen se conforma con ser una intrusa que fcilmente consiente en irse? Puede que se rebele con la misma fuerza abusiva con la que intento suprimirla (de una forma radical, haciendo que nunca haya existido, que sea como una matrimonio anulado por la iglesia, que me engae a m mismo diciendo que ni me preocupa ni la he considerado amenazante o verosmil) Contra ms intento elevarla al cielo de las inocentes ms tormentosa e infernal se torna. Cada vez que atraviese ese puente, o me asome a una ventana o divise un paisaje acantilado, la idea intrusa se me impondr para demostrarme, ofendida, su indignada protesta por intentar hacerla desaparecer. Hasta que no la acepte benvolamente, desdramatizadamente, hasta que no me importe si est o no est, ella me querr como quien se siente despreciada, y tanto el despecho como los intentos de dejarla la volvern ms celosa y vengativa. Veo unos libros en un escaparate, cuantos son?. Veo pasar un coche, su matrcula es capica? Estas inocentes y desocupadas tareas podran ser una forma de matar el rato como otro cualquiera. Pero tambin se pueden transformar en tiranas. Contra ms cuento y registro ms glotonera contable alimento. Descubro entonces que las cosas y los nmeros son ordinales y cardinales, me maravilla y me seduce el mundo visto bajo este punto de vista, habitualmente oculto detrs del desprecio por lo pequeos detalles. Quien da a importancia a cuantas ventanas hay en un edificio que ve al pasar, cuantas latas hay exactamente en una estantera del supermercado, o cual es exactamente esa cifra que se convierte en aproximada por falta de atencin detallada a los todos los nmeros que la componen?. He aqu la tentacin: el orden , la exactitud, el control. Pero la minuciosidad de la que hablamos no es una de carcter necesario (como por ejemplo, la necesidad del cajero de cuadrar las cuentas), sino un lujo que se da la persona, ms bien porque pronto descubre que no puede evitarlo y puede permitrselo. Por un lado aparece la cosa (con regularidades que hay que precisar, orden que hay que establecer, peculiaridad numrica que hay que constatar), a continuacin est el impuso incoercible a contabilizarlo y ficharlo (cinco ventanas, matrcula 2345 como el nmero de la casa de mi prima y la edad de mi hermano). Como que despus de todo sabemos que es un esfuerzo superfluo, intil e incluso que hace de nuestro alegre paseo una especie de vuelta a la escuela, hay que reprimir la pequea mana. Pero he aqu que conforme menos queremos apartar la vista ms los ojos se empean en quedarse pegados al 1,2,3... como si acabar de mirar se confundiera con acabar de contar, o rechazar lo innecesario se transformara en imprescindible contabilidad de las cosas innecesarias que hay que rechazar. |
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